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EL COMAL LE DIJO A LA OLLA

EL COMAL LE DIJO A LA OLLA

Uno de los dichos más populares del habla mexicana reza: “el comal le dijo a la olla”, expresión que alude a quien carece de autoridad moral para señalar defectos ajenos, siendo los propios, con frecuencia, considerablemente mayores. En el mismo registro popular se inscribe aquella sentencia: “el burro hablando de orejas”. Ambas frases retratan con precisión lo que ocurre en el debate nacional sobre el narcotráfico: todos eluden su responsabilidad y se la endosan al vecino. La realidad, sin embargo, es inocultable, México enfrenta desde hace décadas el devastador flagelo del tráfico de estupefacientes. El asunto no consiste en repartir culpas ni en señalar al adversario, sino en encontrar soluciones estructurales y verdaderamente radicales. Creer que el problema se resuelve con abrazos o con balas es, sencillamente, un despropósito.

 

El número de adictos crece sin pausa, alimentado en buena medida por la desesperanza, la ausencia de objetivos y el deterioro de los valores. Se afianza en amplios sectores de la sociedad una actitud de abandono frente a los bienes culturales y espirituales que sostienen a cualquier comunidad que aspire a su superación. Quien recurre a un estupefaciente busca, en esencia, evadirse de la realidad, huir de la responsabilidad y alcanzar un estado de evasión que con frecuencia resulta letal. A ello se suma que las drogas se diversifican constantemente, volviéndose más atractivas, novedosas y accesibles. El fentanilo es la expresión más alarmante de esta tendencia, una sustancia de fácil obtención y consecuencias devastadoras.

 

Es verdaderamente preocupante que las autoridades no logren dimensionar la magnitud de su responsabilidad. La única batalla eficaz contra las drogas es la educación; con ella se prescinde de operativos violentos y persecuciones estériles. No es una afirmación teórica, este enfoque ha demostrado su efectividad en el caso de la mariguana, cuyo consumo ha disminuido y cuyo comercio ilícito se ha contenido allí donde la prevención educativa se aplicó con seriedad.

 

Se hace imperativo que las autoridades abandonen la dinámica de la recriminación mutua y den pasos concretos en beneficio de una población ávida de dirigentes con sentido común, provistos de talento genuino, ajenos al egoísmo y libres de rencores. La unidad no puede seguir siendo mero discurso, debe traducirse en acciones verificables que abran paso a expectativas más dignas y alentadoras para todos.

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Jurista y Catedrático de la UNAM. Doctor en Derecho, Historia, Pedagogía y más. Autor de más de 80 libros. ExPresidente del Tribunal Universitario.

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