AEROPUERTO, UN DESASTRE
Un día antes del inicio del Mundial llegaron a México tres colegas españoles quienes, por conducto de la Real Federación Española de Fútbol, habían adquirido boletos especiales, uno para la inauguración en el estadio de la Ciudad de México, otro para el partido de España en Guadalajara, y un tercero para los octavos de final en la capital del país.
Su ilusión era máxima; ya conocían México, pero asistir a una justa mundialista representa, sin duda, un privilegio distinto. Sin embargo, lo que vivieron, fue un desastre de proporciones mayúsculas. Al llegar a la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional Benito Juárez, permanecieron retenidos dentro de la aeronave durante dos horas; posteriormente fueron desembarcados en la zona de vuelos nacionales, donde debieron esperar otras tres horas en el filtro migratorio. La entrega de equipaje se convirtió en una auténtica tortura, en total, cuatro horas de trámites en los que jóvenes oficiales y agentes los sometieron a interrogatorios desproporcionados, hasta por el color de sus calcetines, en lo que solo puede describirse como una experiencia humillante.
Al llegar finalmente a su hotel, manifestaron su intención de recorrer la Ciudad de México, pero el propio personal del establecimiento les recomendó no hacerlo. El verdadero drama, no obstante, ocurrió el día del partido. Salieron desde Polanco a las seis de la mañana; uno de ellos sufrió un percance cardiaco tras más de una hora de caminata, y los otros dos llegaron al estadio apenas minutos antes del inicio del encuentro. Pese a tener boleto en mano, los vigilantes, con actitud hostil y sonrisas cínicas, se negaron a permitirles el acceso, sin que argumento alguno lograra conmoverlos, a pesar de que los lugares ya habían sido pagados en su totalidad.
Decepcionados, mis amigos viajaron después a Guadalajara, donde el ingreso resultó menos complicado, aunque el ambiente general, según me relataron, distaba mucho de ser grato.
Lo ocurrido no constituye una excepción, sino la norma que ha prevalecido en torno a la organización futbolística. Un evento de esta envergadura debió representar para nuestro país una oportunidad invaluable para proyectar una imagen constructiva: tal vez no en materia de seguridad, terreno donde las carencias son evidentes, pero sí en el trato oficial, en la calidez y en la disposición generosa de quienes intervienen en la operación de un acontecimiento de semejante magnitud. Esa ventana hacia el mundo, lamentablemente, se desaprovechó. Mis amigos regresaron a su país con más dudas que certezas.
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Jurista y Catedrático de la UNAM. Doctor en Derecho, Historia, Pedagogía y más. Autor de más de 80 libros. ExPresidente del Tribunal Universitario.
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