Como ocurre con tantos homenajes, se eligió el 15 de mayo para rendir tributo a los docentes. En esta fecha, muchos que no son propiamente mentores se celebran en innumerables ceremonias, donde abundan las referencias elogiosas hacia quienes ejercen tan noble profesión.
Algunos reciben frases espléndidas, aunque son pocos los verdaderamente dignos de llamarse Maestros. La historia recuerda a quienes dejaron huella y propiciaron transformaciones profundas: Sócrates, Platón, Aristóteles, sin olvidar a Jesús y a otros que alcanzaron la excelencia. Desde siempre han existido educadores que permanecen en el anonimato, pero que han moldeado a incontables seres humanos. Así es el maestro de educación básica que supo orientar, fue certero en sus consejos y nos legó una enseñanza perdurable; en los niveles subsecuentes, no menos relevantes, también tuvimos la figura señera de quien fue un ejemplo que siempre aspiramos a emular; en los ámbitos superiores, gozamos del privilegio de un académico cuya conducta constituyó nuestro modelo a seguir. Lamentablemente, con el paso del tiempo, esas figuras que nos formaron y transformaron terminan por quedar en el olvido.
Es momento de recordar a quien nos enseñó las primeras letras, de quien aprendimos las mejores lecciones en las distintas asignaturas y mucho más: a quien nos dedicó horas e incluso días para conducir nuestras tesis profesionales, o simplemente para forjarnos hábitos que nos cambiaron la vida. Mantengamos presente a nuestros grandes Maestros y dejemos a un lado la ingratitud; que el haber alcanzado metas superiores no nos envanezca ni nos vuelva amnésicos. Somos lo que somos gracias a dos factores fundamentales: primero, nuestros padres; segundo, nuestros docentes, guías en el aula y en la vida. Para ellos, nuestra veneración y profundo agradecimiento. Reconozcamos con humildad que mantenemos una deuda impagable.
¡Loor a los Maestros en este su día y siempre!
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